Jose Luis De Haro Sánchez

Jose Luis De Haro Sánchez

Editor DesdeWallStreet.com
Con el resonar de los tambores de una guerra arancelaria entre Estados Unidos y China atormentando a los mercados y economías de todo el mundo, la Unión Europea amenaza con convertirse en la víctima colateral del azote iniciado por el inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump. Mientras Washington carga el cañón con su amenaza gravar productos del gigante asiático por valor de casi medio billón de dólares, Pekín toma posiciones para responder con la misma intensidad todas y cada unas de las amenazas del republicano. 

Un pulso regido por la Ley del Talión, donde los aliados tradicionales de EEUU también se han visto salpicados por los reveses en forma de gravamen que la Casa Blanca ha impuesto a la importaciones de acero y aluminio procedente de la UE, Canadá o México, por mencionar algunos. Una decisión que el Despacho Oval blinda alegando motivos de seguridad nacional y que sus socios comerciales han plantado cara con represalias similares atacando productos clave del “Made in the USA”. 

Sin embargo, el ojo por ojo y diente por diente ha ofrecido a la administración Trump la excusa perfecta en su intento por destartalar la cadenas de valor globales, que ahora centra sus iras comerciales en la industria automotriz. “Las tensiones comerciales mundiales siguen siendo el principal riesgo para Europa tanto a nivel mundial como regional, la pregunta ahora es cuán grande será el impacto económico”, advierte Paul Watters, supervisión de las condiciones de crédito regional de S&P Global Ratings.

No es para menos. La economía europea, que respondió a los aranceles del 25% y el 10% sobre su acero y aluminio impuestos el pasado 1 de junio tasando productos estadounidenses por un valor aproximado de 2.800 millones de euros, ahora espera con aplomo si Trump, usando de nuevo la excusa de la seguridad nacional, acabará por gravar las importaciones de vehículos europeos entre un 20% y un 25%. 

Una decisión que hundiría el dedo en la llaga europea, especialmente alemana, dado que el sector de vehículos y piezas de la UE exportó productos a EEUU el año pasado por valor de 53.563 millones de euros. Alemania llevó al país norteamericano materias con un coste de 30.435 millones, seguida de Reino Unido con 9.098 millones. España, por su parte, exportó productos por valor de 1.134 millones de euros. 

“Un arancel del 25% podría conducir a una disminución máxima en la demanda estadounidenses de coches europeos del 22.5% o alrededor de 260.000 unidades”, calcula Christian Schulz, economista de Citi. “Esto reduciría los ingresos de exportación de automóviles de la UE en 9.000 millones de euros, es decir el 0,5% de las exportaciones totales o el 0,1% del PIB de la UE”, aclara. 
 
Otras estimaciones, como las que baraja Bank of America Merrill Lynch, estima que un gravamen a los coches europeos podría reducir el PIB de la zona del euro en al menos un 0,3%, excluyendo cualquier daño colateral sobre la confianza de los inversores, el gasto empresarial y los cambios en otros mercados.

Aún así, Schulz recalca que “una guerra comercial entre EEUU y China corre el riesgo de tener un mayor impacto en el crecimiento europeo que una confrontación directa entre Bruselas y Washington”. De esta forma, aunque la UE esquivase más aranceles directos por parte de Trump, las cadenas de suministro globales de las que dependen las compañías europeas podrían verse afectadas si la Casa Blanca y Pekín endurecen sus posiciones. 

Es importante tener en cuenta que las exportaciones de bienes y servicios representan el 27% del PIB de la zona del euro, en comparación con el 12% en EEUU y el 21% en China, según los datos del Banco Central Europeo.

Aunque este porcentaje incluye también el comercio entre miembros de la UE, debemos destacar como Alemania es el socio europeo con la mayor participación comercial fuera del Viejo Continente, contribuyendo con sus exportaciones a otros países no europeos al 28,3% de las exportaciones de bienes totales de UE fuera del grupo. Le siguen Reino Unido (10,9%), Italia (10,6%) y Francia (10,4%). En el caso de nuestro país, el porcentaje el año pasado fue del 5,1%. 

Es por ello que si China y EEUU aumentan sus tensiones arancelarias, cualquier efecto en sus economías se dejará sentir en Europa, ya que ambos países son clave para exportaciones europeas. “Incluso antes de que Trump comenzara con sus escaramuzas comerciales, China ha sido un factor clave para la desaceleración de Europa este año”, avisa.

El año pasado las exportaciones de la UE a EEUU alcanzaron los 375.500 millones de euros, con Alemania liderando el grupo, con un total de 112.320 millones de euros. Le siguen Reino Unido (52.023 millones de euros); Italia (40.496 millones de euros); Francia (34.254 millones de euros); e Irlanda (32.849 millones de euros). España se sitúa en octava posición por detrás de Países Bajos y Bélgica, con 12.455 millones de euros. 

“El impacto de una guerra comercial se dejará sentir mucho más allá de las dos economías más grandes del mundo”, incide Luca Paolini, estratega jefe de Pictet Asset Management, quien apunta a Irlanda como una de las economías europeas “más vulnerables”. Sus cálculos dan en el clavo, ya que las exportaciones irlandesas a EEUU suponen el 55,7% del total de sus exportaciones fuera de miembros de la UE. En comparación, en el caso español, este porcentaje es del 13%, según datos de Eurostat.

Paralelamente, entre 2007 y 2017, las exportaciones de bienes europeos a China, casi se ha triplicado, hasta casi rozar los 200.000 millones de euros. Esta estrecha relación no debería sorprender: el gigante asiático representó el 6,7% de las exportaciones alemanas de bienes en 2017 (2,7% del PIB), no mucho menos que las estadounidenses (8,7% de las exportaciones de bienes). Y teniendo en cuenta el incremento de las relaciones comerciales de la última década, podría de decirse que China es incluso más importante que EEUU en lo que respecta al crecimiento de las exportaciones. 

A día de hoy, la economía alemana está mucho más expuesta al comercio chino que cualquier otra economía europea. Los Países Bajos y Bélgica ocupan el segundo y tercer puesto, con el 1,9% y el 1,7% de su PIB exportado a la segunda mayor economía del mundo en 2017. La media de la UE es del 1,3% y otras grandes economías europeas como Francia, el Reino Unido e Italia (todos 0,8%) o España (0.5%) están muy por debajo de la media. Sin embargo, además de estas exposiciones, que siguen siendo significativas, no debemos pasar por alto que las grandes compañías industriales de Alemania actúan como una "ventana" para la fabricación europea en China.

A través de las cadenas de suministro paneuropeas, las actividades alemanas en China, así como sus exportaciones al país o la inversión nacional generada por el negocio chino, afectan indirectamente al resto de Europa. Prueba de ello es que los datos del PMI manufacturero han caído en línea a los alemanes, por ejemplo en Austria, Hungría, España, República Checa y aún más en Italia.

“China enfrenta riesgos a la baja, principalmente por tensiones comerciales con EEUU”, reconoce el economista de Citi, que apunta como esto juega en detrimento y también a favor de la UE. Schulz pone de manifiesto que las autoridades chinas han adoptado ya algunas medidas para apoyar el crecimiento y podrían ir más allá en la segunda mitad del año. “Las empresas europeas podrían beneficiarse desproporcionadamente de este estímulo mientras sus rivales estadounidenses sufren las consecuencias de las represalias comerciales chinas a EEUU”, aclara.
La escalada arancelaria entre Estados Unidos y China mantiene en vilo a los inversores en un momento en que otros socios comerciales como la Unión Europea, México, Canadá, así como otros gigantes emergentes como la India impulsan represalias a los gravámenes instigados por la administración Trump. Bruselas ya ha tomado medidas sobre productos estadounidenses por valor de 2.800 millones de euros, Ottawa hizo lo propio por un valor aproximado de 11.030 millones de euros, México por cerca de 2.585 millones de euros mientras el gobierno de Narendra Modi aplicará aranceles a 30 productos estadounidenses por valor de 206 millones de euros.
 
Sin embargo, el pulso entre Washington y Pekín, que no quiere una guerra comercial, pero se enfrenta a un gobierno estadounidense “caprichoso”, podría empeorar en las próximas jornadas. La inmedidata respuesta de la administración de Xi Jinping a la decisión de Trump de imponer aranceles del 25% a una lista de más de 800 productos por valor de 43.085 millones de euros, de los cuales aproximadamente 29.297 millones se verán afectados a partir del 6 de julio, incitará a la Casa Blanca a seguir endureciendo su política comercial.
 
"Hay muchos problemas con los aranceles. Lo primero y más importante es que benefician a muchas menos personas de las que perjudican", señala Ed Yardeni, presidente y estratega jefe de inversiones de Yardeni Research, en un informe distribuido entre sus clientes. "Están destinados a impulsar el empleo en las industrias que se benefician de ese proteccionismo, pero inmediatamente aumentan los precios de los bienes protegidos para todos los consumidores", explica indicando que la renta variable seguirá sufriendo vaivenes a lo largo del verano dado que “Jekyll y Hyde seguirán enfrentados por dominar la personalidad de Trump”.
 
El equipo que rodea a Trump, donde se incluye a Peter Navarro, su principal asesor comercial, Wilbur Ross, el secretario de Comercio, y Robert Lighthizer, el representante comercial de EEUU, estaría dispuesto a implementar gravámenes adicionales del 25% sobre una lista de productos por valor de 86.175 millones de euros. Si esto llegase a materializarse, la guerra comercial con China afectaría a más de 129.263 millones de euros. Tampoco hay que olvidar que antes de que termine el mes, el Departamento del Tesoro tendrá que revelar sus restricciones a las inversiones en tecnología estadounidense para individuos y compañías chinas.
 
Dicho esto, el arsenal de posibles represalias por parte de China no se quedaría corto y podría infligir un fuerte castigo a los más de 172.300 millones de euros que las compañías estadounidenses invierten en el gigante asiático. El incremento de las inspecciones de seguridad o los retrasos en la aprobación de las importaciones son artimañas que podrían acompañar a posibles boicots a productos estadounidenses vendidos en el mercado minorista chino.
 
Los analistas de Goldman Sachs señalaron en un informe reciente que el impacto negativo de los aranceles en el crecimiento de China restará entre 10 y 20 puntos básicos del PIB, mientras que los efectos en la inflación serán “modestos”, del orden de 10 a 20 puntos básicos.
 
Los expertos de Deutsche Bank consideran que los efectos de estos gravámenes tampoco serían particularmente significativos en EEUU. Según los cálculos elaborados por Brett Ryan, economista jefe para EEUU, un arancel del 10% sobre importaciones chinas por valor de 200.000 millones de dólares reduciría en 0,2 o 0,3 puntos porcentuales el PIB estadounidense.

 “Además, este impuesto efectivo de 32.500 millones de dólares en bienes importados del gigante asiático podría impulsar la inflación en aproximadamente 0.15 puntos porcentuales”, señala Ryan. Según la Reserva Federal de Atlanta y su indicador GDPNow, la economía estadounidense estaría creciendo en el trimestre en curso un 4,7% mientras en el conjunto del año, el banco central proyecta un crecimiento del 2,8%. Al mismo tiempo la inflación se proyecta que alcanzará el 2,1%, en su lectura de cabecera.

A la espera de las consecuencias tanto para la economía china como la estadounidense, no debemos pasar por alto la actual investigación sobre el sector automotriz que lleva a cabo la administración estadounidense, alegando de nuevo motivos de seguridad nacional. Los expertos consideran que una decisión a favor de aumentar los gravámenes a los coches y piezas automovilísticas supondría el verdadero punto de inflexión para el comercio mundial.

"Un movimiento contra el sector automotriz podría sumir a EEUU en una guerra comercial global, ya que sus socios tomarían represalias al imponer fuertes aranceles sobre una amplia gama de productos estadounidenses", advierten de nuevo los analistas de Scotiabank.  

 

Con Apple a punto de cruzar la marca del billón de dólares en capitalización bursátil y Amazon sobrepasando ya la cifra de los 800.000 millones de dólares en valor de mercado, los gigantes de la tecnología estadounidense vuelven a mostrar su brío encumbrando al Nasdaq hasta nuevos máximos históricos. De hecho, valores como Facebook, Amazon, Apple, Microsoft y Google (Alphabet) superan un valor combinado de 3,8 billones de dólares.
 
Un número significativo que supera el PIB anual de países como Alemania y el valor de todos los componentes del Topix nipón. Con este poderío de nuevo animando al sector tecnológico estadounidense, los más escépticos no dudan de nuevo en comparar este impulso con la burbuja de las dot.com vivida a mediados de la década de los 90. Una situación que según los analistas de Goldman Sachs dista del contexto actual.  
 
“A diferencia de la euforia tecnológica de la década de 1990, la mayor parte del éxito actual puede explicarse por los sólidos fundamentos, ingresos y beneficios de estas compañías en lugar de por las especulaciones sobre el futuro", determinan los estrategas del banco, Peter Oppenheimer y Guillaume Jaisson en un informe del que se hace eco la agencia Bloomberg.
 
Además, desde Goldman ponen de manifiesto como el dominio de estas tecnológicas, especialmente en lo que valor de mercado se refiere, refleja el importante crecimiento del gasto en tecnología y su capacidad para desplazar otros gastos en inversión de capital tradicionales. "Muy a menudo las nuevas plataformas se convierten prácticamente en todo el mercado", destacan Oppenheimer y Jaisson.
 
De hecho, el dominio de estas tecnológicas está lejos de llegar a su fin según determina el análisis donde se recuerda que sectores más tradicionales como el minorista o el de servicios públicos se están viendo obligados a transformarse para adaptar sus operaciones y equipos a la era online. Al mismo tiempo, nuevas innovaciones, como el desarrollo de aplicaciones y tecnologías de inteligencia artificial o realidad aumentada, proyectan nuevas áreas de crecimiento.
 
"Este efecto de bola de nieve es similar a lo que se experimentó durante la revolución industrial, donde una tecnología llevó a otra y provocó que las industrias tradicionales gastaran más en tecnología para sobrevivir", determina desde Goldman.
 
En lo que llevamos de año, las acciones de Apple acumulan una rentabilidad del 14%. Por su parte, Amazon suma un 44,3% y Microsoft casi un 19%. Facebook, que se vio sacudido por el escándalo de Cambridge Analytica, sube un 9,6% desde el arranque de 2018 mientras que Alphabet hace lo propio con avances del 9,4%.
 
Desde Goldman recuerdan como el sector financiero dominó el mercado desde el arranque del siglo XIX hasta la década de 1850. A partir de entonces fue el sector de transportes el que proclamó su reinado durante seis a medida que el país desarrollaba y transformara su sistema ferroviario. Una vez que el vapor y el carbón comenzaron a impulsar el boom manufacturero, la energía se hizo cargo del mercado durante la década de los setenta.
 
A partir de entonces, la influencia de empresas como AT&T, IBM y Microsoft ayudaron a impulsar la influencia del sector tecnológico gracias al impacto de las telecomunicaciones y la informática. Aún así, su cuota de mercado como industria dentro del mercado, incluso en su punto más alto en el 2000, no ha logrado alcanzar la influencia de otros grandes sectores en el pasado.
Jueves, 07 Junio 2018 16:57

¿Cómo será la próxima recesión?

Pimco, una de las gestoras privada de bonos más grande del mundo, ha publicado sus perspectivas económicas en un informe titulado “Despertares Abruptos”. En el mismo se avisa que la economía global y los mercados financieros “podrían enfrentar una nueva era de cambios radicales”. Un resultado que promete cambiar la coyuntura actual “para bien o para mal”, avisan desde Newport Beach, California.

En este sentido, Joachim Fels, Andrew Balls y Daniel Ivascyn consideran que algunos de estos cambios ya están ocurriendo. Entre ellos destaca el cambio de dinámica entre las políticas monetarias a medida que los bancos centrales retiran sus estímulos dando mayor protagonismo a las políticas fiscales más expansionistas. Al mismo tiempo, la mayor supervisión regulataria vira del sector financiero al sector tecnológico mientras “el nacionalismo económico y el proteccionismo continúan al alza”, avisan desde Pimco.

En estas circunstancias, los expertos de la gestora barajan distintos escenarios sobre lo que podríamos esperar. Uno de ellos, el más benévolo, implica un repunte sostenible influenciado por un crecimiento significativo de la productividad gracias a la influencia de las nuevas tecnologías y el aumento de la inversión empresarial. Un contexto que también tendrá sus consecuencias negativas, ya que un aumento del crecimiento potencial también implica unos mayores tipos de interés.

Otra de las posibilidades podría materializarse durante o después de la próxima recesión, que desde Pimco consideran que ocurrirá en los próximos 3 a 5 años. Para entonces podría experimentarse un moviemiento populista mucho más extremo de lo que hemos visto durante los últimos años. “Esto podría tener distintos resultados: una redistribución radical de los ingresos y la riqueza, un proteccionismo más agresivo, nacionalización de empresas clave o incluso industrias, o ataques contra la independencia del banco central”, explican Fels, Balls e Ivascyn.

Desde Pimco consideran que el hecho de que EEUU sufrirá una recesión en el periodo mencionado se ha convertido ya en un escenario definido por consenso por lo tanto lo más interesante es preguntarse cuán larga y profunda podría ser. Tras elaborar la correspondiente encuesta entre estrategas y economistas, la gestora se inclina por una recesión menos profunda y más larga, en lugar de más profunda pero más corta.

Esta visión viene respaldada por varias características. La primera es que la contracción de la actividad debería ser menos profunda porque a día de hoy no existen señales que indiquen una sobreinversión o excesos dentro del tejido empresarial. Tampoco se observan burbujas inmobiliarias mientras el sector financiero es mucho más estable que en ciclos previos. Aún así, los elevados niveles de apalancamiento entre las empresas no financieras incrementa el riesgo de una oleada de impagos y quiebras incluso aunque la recesión sea inicialmente poco profunda. 

En segundo lugar hay que destacar que la próxima recesión durará más tiempo dado que los tipos de interés siguen siendo relativamente bajos y los bancos centrales cuentan ya con balances significativamente elevados. Paralelamente, los déficit fiscales, especialmente en EEUU, reducen la capacidad de reacción a la hora de usar este tipo de estímulos para suavizar los efectos de una contracción de la actividad mundial. Además, dada la tendencia generalizada hacia el nacionalismo económico y el proteccionismo, una recesión “podría fomentar la desglobalización del comercio global y las guerras cambiarias”, alertan desde Pimco.

Por último, la próxima recesión implicará un mayor nivel de riesgo que una contracción estándar. Entre las razones que alegan desde esta gestora se menciona la baja inflación y la debilid estructural en la eurozona, factores que bajo una recesión aumentarían el riesgo de una ola populista centrada en la redistribución de la riqueza y la confiscación.

“Nadie tiene una bola de cristal sobre lo que ocurrirá en la economía, los mercados o la política así como los riesgos que surjan de los movimientos populistas”, reconocen desde Pimco recomendando no “poner todos los huevos en la misma cesta” a la hora de invertir. “Debemos centrarnos en mantener una flexibilidad en la cartera para responder adecuadamente a los riesgos sean estos tanto al alza como a la baja”, recomiendan aunque ello implique renunciar a cierto potencial en el rendimiento.

El pulso arancelario iniciado por Estados Unidos se ha convertido en uno de los factores que han provocado lo que la economista jefe global de Citi, Catherine L. Mann, califica como turbulencias del mercado financiero. Vaivenes que dejando de lado el tema comercial corresponden a un contexto macroeconómico marcado por una desviación en el crecimiento sincronizado global y el endurecimiento de las condiciones financieras a este lado del Atlántico. Eso sí, esta situación no repercute, de momento, en la economía real.

En materia comercial, la Casa Blanca ha encontrado una útil herramienta en la Sección 232 de Ley de Comercio de 1962, que alega motivos de seguridad nacional para la imposición de aranceles. La Casa Blanca ya echó mano de ella para imponer gravámenes del 25% y el 10% respectivamente sobre las importaciones al acero y al aluminio, que entraron en vigor el pasado 23 de marzo para muchos países y que el jueves se activaron para aliados como la Unión Europea, México y Canadá.

“Hay una amplia gama de áreas en las que EEUU  y la Unión Europea no están alineados y el uso de la sección 232 para el acero y el aluminio y quizás los coches suma presiones”, señaló Mann durante un encuentro con periodistas europeos en las oficinas de Citi en Nueva York. En este sentido, la economista jefe del banco destacó como la posible implementación de aranceles en una industria tan globalizada y que tiene tanta importancia para tantos mercados como la automovilística “es un paso extremadamente radical”. 

La posibilidad de incrementar los gravámenes a las importaciones de vehículos hasta un 20% o un 25% impactará de lleno a las automotrices europeas, especialmente alemanas. Las exportaciones de coches de la UE a EEUU en el primer trimestre del año crecieron un 9% con respecto el año pasado, acelerándose hasta un 21% en abril, según datos de la consultora Panjiva Research. Obviamente, Daimler, BMW y Volkswagen protagonizaron buena parte de estas subidas.

Por ejemplo, BMW vende alrededor de 350.000 automóviles a este lado del Atlántico al año. Aproximadamente, el 70% de los mismos proceden de Europa. Desde Evercore ISI estiman que dicho porcentaje genera ingresos de entre 8.000 y 9.000 millones de dólares por lo que si le aplica un costo adicional de un 5% o un 10%, la factura oscilaría entre los 400 y 800 millones de dólares. Dicho esto, es importante destacar que el año pasado, los fabricantes de coches alemanes contaban con inversiones en alrededor de 265 plantas estadounidenses y empleaban a cerca de 110.000 trabajadores estadounidenses.

Los expertos apuntan que este es sólo el primer paso y que pueden pasar meses hasta que la administración Trump llegue a una conclusión definitiva. Aún así, esto generará una importante incertidumbre para los socios comerciales de EEUU. “La investigación sobre las importaciones de automóviles representa un paso más hacia las políticas comerciales previas a la fundación de la Organización Mundial de Comercio”, señala Rod Hunter, socio del bufete de abogados Baker McKenzie, quien determina que un aumento de los aranceles jugará en detrimento de los consumidores y los trabajadores estadounidenses.

La decisión de Trump, quien definió la industria automotriz como “fundamental para la fortaleza como nación" de EEUU, también está ligada a las negociaciones en curso sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA por sus siglas en inglés). Sin un acuerdo en ciernes, la investigación en curso puede jugar a favor de Washington a la hora de presionar a México y Canadá en su objetivo por incrementar el porcentaje de piezas estadounidenses en los coches fabricados dentro de la región.  

Jueves, 24 Mayo 2018 16:54

Atentos al Treasury a 10 años

La rentabilidad del bono americano a 10 años subió hasta el 3,11% la semana pasada, algo que no ocurría desde 2011. Sólo en el último mes, el yield acumula de la deuda pública estadounidense un incremento de 29 puntos básicos mientras que la escalada es de 71 puntos básicos desde que arrancase el año.

Dadas las circunstancias, algunos siguen sorprendidos sobre el impacto que esta situación está teniendo sobre la renta variable estadounidense, que en el último mes ha registrado subidas del 0,5% y acumula una rentabilidad del 1,7% desde comienzos de 2018. Tradicionalmente, un incremento en la rentabilidad del bono a 10 años suele ser sinónimo de un endurecimiento de las condiciones financieras y una posible recesión en el horizonte. Algo que a su vez también suele pasar factura a las bolsas estadounidenses.

Dicho esto, hoy en día, el GDPNow de la Fed de Atlanta indica que la economía avanza a un ritmo del 4,1% en el trimestre en curso mientras que la mayor parte de los economistas no atisban el fin del segundo ciclo económico más largo de la historia moderna por lo menos hasta 2020 o 2021.

De hecho, parece que la cota psicológica del 3% para la rentabilidad del bono americano a 10 años se ha convertido en una amenaza sin fundamentos para los inversores. “La historia indica que la verdadera "línea roja" está más cerca del 6% que del 3%”, señala Sam Stovall, estratega jefe de CFRA en un informe distribuido el lunes entre sus clientes.

Stovall se fija específicamente en el periodo comprendido entre julio de 1954, cuando el rendimiento medio del bono a 10 fue del 2,30%, y diciembre de 1957, momento en que éste alcanzó el 4%. Por aquel entonces, el S&P 500 registró un incremento mensual en su precio del 2%.  “Las tasas más altas no siempre conducen a precios más bajos, al menos cuando se compara el rendimiento del bono a 10 años con el precio del S&P 500”, aclara.

Lejos de hacer sonar las alarmas, desde Goldman Sachs estiman que la rentabilidad del bono americano a 10 años seguirá subiendo gradualmente este año hasta el 3,25% y hasta el 3,60% el año que viene sin hacer mella en las valuaciones del S&P 500.  Eso sí, los analistas del banco consideran que podríamos ver un cambio significativo en las valuaciones de la bolsa americana cuando la rentabilidad del bono alcance el 4%.

David Kostin, estratega jefe de Goldman, indicó en un informe que los inversores no deberían preocuparse por el aumento de los costes de financiación y su efecto en las valoraciones de acciones cuando el Treasury a 10 años ronde el 4%. “Esperamos cambios de valoración negativos si el nivel de las tasas se acerca al 4%", recalcó también aventurando que los precios de las acciones podrían sufrir un impacto antes de alcanzar dicho nivel si los tipos de interés suben demasiado rápido.

En estos momentos, el consenso del mercado observa la rentabilidad del Treasury en el 3,16% este año y el 3,22% en 2019 mientras descuenta al menos 3 subidas de tipos este año, incluida la implementada en marzo. De acuerdo con las previsiones de los economistas de Goldman, el repunte en la inflación y la caída de la tasa de paro llevarán a la Fed a implementar 8 aumentos de tipos por trimestre durante 2018 y 2019, algo que hace indicar que podríamos ver una cuarta subida este año, probablemente en diciembre.

El banco liderado por Lloyd Blankfein mantiene su objetivo para el S&P 500 en los 2.850 puntos, lo que implica una rentabilidad del 5%, mientras que los dividendos podrían subir un 10% hasta los 54 dólares.

A finales del mes de abril, durante la visita de Estado del presidente francés, Emmanuel Macron, a la Casa Blanca, la sintonía entre el galo y el impredecible mandatario estadounidense, Donald Trump, confirmó una extraña admiración entre ambos líderes que a este lado del Atlantico se postularía como un claro ejemplo de “bromance”. Ambos congeniaron, al menos ante las cámaras, mientras el republicano también denotó un tono algo menos irascible con la canciller alemana, Angela Merkel, pocos días más tarde. 

Sin embargo, los esfuerzos de Macron, Merkel e incluso de la primera ministra británica, Theresa May, cayeron en saco roto, cuando el presidente estadounidense volvió a echar mano la semana pasada de la escuela diplomática de Thomas Jefferson, basada en el aislamiento y el no intervencionismo multilateral, para anunciar la salida de su país del Plan de Acción Integral Conjunta (JCPOA, por sus siglas en inglés), popularmente conocido como el pacto nuclear con Irán. 

Un nuevo revés a los tradicionales aliados de Washington, con especial profundidad en el Viejo Continente, que instaura de nuevo la desconfianza como nueva herramienta diplomática a la hora de lidiar con el Despacho Oval. “La jugada de Trump representa una abdicación del liderazgo estadounidense en el escenario internacional que no tiene paralelo en la historia reciente”, recalca Suzanne Maloney, subdirectora de política exterior en la Brookings Institution, un Think Tank con sede en Washington.

No es para menos, la decisión del republicano, que alía su posición con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, además de Arabia Saudí, deja huérfano un compromiso que, aunque imperfecto y necesitado de cierto endurecimiento, supone un paso diplomático importante con Teherán. La salida de EEUU y la restauración de sanciones primarias y secundarias obliga a la Unión Europea a tomar medidas que blinden a las compañías como Total, Renault o Airbus con intereses empresariales en la República Islámica. 

“Para Trump, la decisión es todo ego; desmembrar el trato con Irán satisface una multiplicidad de pequeños intereses personales: deshacer el legado de su predecesor, cumplir sus propias promesas de campaña y reivindicar su exagerado sentido propio de negociación”, estima Maloney, quien también hace mención a otras zancadillas diplomáticas a sus aliados, como la retirada del Acuerdo Climático de París, la salida de Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica o la imposición de aranceles a sobre las importaciones de acero y aluminio aludiendo motivos de seguridad nacional. Tampoco hay que olvidar la decisión de trasladar la Embajada de EEUU en Israel a Jerusalem. 

El distanciamiento europeo con Washington se ha convertido en una nueva realidad, donde la semana pasada, la propia canciller alemana, escoltada por Macron, aseguraba que Europa no puede esperar que EEUU simplemente “nos protegerá”, más bien, “Europa necesita poner el destino en sus propias manos. Esa es la tarea para el futuro”, sentenció. Palabras que suceden a las continuas críticas de Trump al coste infligido a su país a través de la Alianza Transatlántica. 

“Europa se enfrenta a una elección crítica e histórica y debe demostrar su voluntad política de avanzar en sus intereses de seguridad a través de una diplomacia robusta”, destaca Ellie Gerenmayeh, experta del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. 

Pero la incertidumbre y la desconfianza no sólo llega de los aliados europeos. En estos momentos, la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, por sus siglas en inglés) se enfrentar a una contrarreloj decisiva. La administración Trump ha presionado para avanzar en las negociaciones pero aún así no ha moderado su mano dura en algunos temas clave, como son las reglas de origen dentro del sector automotriz. 

El posicionamiento unilateral y aislacionista de EEUU, no sólo está respaldada por Trump sino por el núcleo duro de su gabinete. Si su consejero comercial, Peter Navarro, está detrás del pulso arancelario iniciado por la Casa Blanca, el desembarco de John Bolton, ex embajador de EEUU en Naciones Unidas durante la administración de George Bush, como director del Consejo Económico Nacional blinda el nuevo orden mundial, donde la primera potencia ha decidido andar por cuenta propia. 

El Financial Times señaló la semana pasada como Bolton sugirió hace casi dos década que  si tuviera que reestructurar el Consejo de Seguridad de la ONU,  este tendría “un sólo miembro permanente porque ese es el verdadero reflejo de la distribución del poder en el mundo”. Declaraciones que a día de hoy resuenan en la arena internacional a medida que Washington da la espalda a la diplomacia y a sus aliados tradicionales. 

Los analistas de Goldman Sachs, liderados por su estratega jefe, David Kostin, observan actualmente siete tendencias que respaldan su tesis para sobreponderar el sector financiero en general y el bancario en particular.

En un informe distribuido entre sus clientes, Kostin y su equipo señalan en primer lugar a la subida de tipos de interés. A medida que la Reserva Federal continúa con su normalización monetaria, con la próxima subida de tipos proyectada en junio, cuando el precio del dinero tacaría un rango de entre el 1,75% y el 2%, la rentabilidad del bono americano a 10 años también acompaña esta escalada. Un hecho que tradicionalmente es favorable para las acciones del sector financiero. 

Paralelamente, los grandes bancos se preparan para aumentar la retribución a sus inversores. A finales de junio, la Fed tendrá que dar a conocer los resultados de sus test de estrés. El año pasado, el banco central estadounidense aprobó un incremento del 43% en los dividendos y recompras de acciones de estas entidades. Desde Goldman estiman que la Reserva Federal autorizará un aumento del 16% en los pagos que los grandes bancos harán a sus accionistas durante los próximos 12 meses hasta junio del próximo año.

Tampoco podemos pasar por alto el esfuerzo liderado por la administración Trump para desregular al sector financiero. Las enmiendas propuestas a las pruebas de esfuerzo de la banca deberían entrar en vigor el próximo año y aumentarán la capacidad de los balances bancarios así como un mayor control a los consejos de los mismos sobre cómo disponer del capital.

Otra tendencia a tener en cuenta es la nueva oleada de fusiones y compras empresariales en curso. Fruto de la reforma fiscal y el avance del crecimiento económico han impulsado en más de un 100% este tipo de operaciones en lo que llevamos de año. Sólo en las últimas dos semanas se han anunciado acuerdos por valor de 150.000 millones de dólares, una jugosa cantidad de la que los bancos sacan partido a través de sus labores de gestión y asesoramiento.

Kostin y los analistas de Goldman también hacen referencia al margen de interés neto de la banca estadounidense. A medida que el extremo a largo plazo de la curva de rendimiento sube, los beneficios aculados de los bancos suben a través un incremento en las inversiones y en la rentabilidad de los prestamos. Desde que la Fed comenzó a subir tipos en diciembre de 2015, el margen de interés neto de la banca se ha ampliado en 22 puntos básicos, hasta los 317 puntos básicos.

En estos menesteres también hay que prestar atención al crecimiento en la entrega de créditos y préstamos. Mientras los grandes bancos (los 25 más grandes) han registrado un aumento algo anémico, del 2,6%, el más bajo desde 2014 arrastrados por Wells Fargo, la banca mediana han crecido un 7,7% interanual, elevando la media del sector al 4,6%.

Por último, el sector financiero cuenta con una valuación y un potencial de crecimiento atractivo. El beneficio por acción debería crecer un 30% este año y un 10% el que viene mientras que los dividendos lo harán un 16% y un 12% respectivamente.

Estados Unidos cuenta en estos momentos con lo que en la jerga económica se denomina como un “twin deficit”, es decir, un déficit fiscal y un déficit por cuenta corriente mientras depende tanto de inversores patrios como extranjeros a la hora de financiar su deuda. Cuanto más aumenta su brecha fiscal, mayor es el número de bonos del Tesoro que el gobierno emite. 

En el último año, la aprobación de una reforma tributaria, cuyo coste asciende hasta los 1,5 billones de dólares, y el acuerdo de presupuesto han vuelto a poner una mayor presión sobre la trayectoria del déficit, que volverá a superar la cota psicológica del billón de dólares a partir de 2020. 

La Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés) proyecta un déficit fiscal del 4,6% del PIB el próximo año, en comparación con la media del 4,1% estrada en los últimos 5 años. Dentro del G-20, solo las perspectivas de México son menos favorables. 

Es probable que los países que más se han visto afectados en los últimos años por las presiones fiscales, como Arabia Saudita, Brasil, India y Argentina, reduzcan sus déficits en el próximo año. Sin embargo, según los datos más recientes publicados por el FMI, se espera que EEUU sea el único país que verá un aumento en la relación entre la deuda y el PIB en los próximos 5 años.

Según señalan Torsten Slok, economista jefe de Deutsche Bank, y Quinn Brody, estratega del banco alemán, en muchos países el hecho de acarrear “déficits gemelos” suele acabar por generar una crisis de deuda soberana. “Usando una base de datos donde se incluye un total de 45 países, encontramos que el deterioro fiscal y externo de EEUU ha aumentad la probabilidad de una crisis soberana en 7 puntos porcentuales”, señalan ambos expertos. 

De esta forma, EUU pasa a estar por debajo de su media histórica del 9% hasta casi duplicar sus probabilidades de una crisis soberana, que en estos momentos ascienden hasta un 16%, según el modelo empleado por Slok y Brody.  “Si el resto del mundo llegase a no tener capacidad o voluntad de absorber los bonos emitidos, las consecuencias serían unas mayores tasas de interés a largo plazo y una depreciación del dólar”, avisan desde Deutsche Bank donde consideran que estos síntomas ocurren cuando los inversores atisban mayores probabilidades de presiones financieras agudas. 

Desde enero de 2007 hasta el pasado 17 abril de 2018, el valor de deuda pública en manos de los inversores se ha triplicado desde los 4,9 billones de dólares hasta los 15,4 billones de dólares. “Hasta ahora, las subastas del Tesoro de EEUU han registrado una demanda suficiente, pero la demanda extranjera ha disminuido en los últimos años y la proporción de oferta por cobertura ha disminuido, incluidas las subastas de bonos a dos y diez años”, estiman Slok y Brody, quienes consideran que estas condiciones no son anormales según los estándares anteriores a la crisis, pero tienden a ser menos favorables.

Debido a que el dólar estadounidense es una moneda de reserva, los expertos de Deutsche Bank no consideran que exista un riesgo inmediato de una crisis de la deuda estadounidense. Dicho esto, la expansión fiscal en curso genera dudas sobre dónde están los límites.  “Con los problemas de los entitlements (seguridad social, Medicare y Medicaid) acechando, ¿seguirá los inversores interesados en bonos del Tesoro si el ratio de deuda con respecto al PIB alcanza el 85% o el 100%, o el 125%?”, se preguntan Slok y Brody.