Miércoles, 24 Mayo 2017 | Login

REPRESION FINANCIERA Destacado

La inversión se ha hecho muy difícil: los bajísimos tipos de interés en los principales países de los productos tradicionales están llevando a muchos ahorradores e inversores que buscan rentas a la necesidad de tener que asumir riesgos crecientes para lograr una rentabilidad suficiente para sus objetivos. Pensemos en los jubilados, los fondos de pensiones, muchas fundaciones, instituciones de beneficencia etc., en un contexto además de aumento de la esperanza de vida y prolongación por tanto del tiempo en que muchos necesitan vivir de su ahorro acumulado. Los tipos nominales de rentabilidad de la deuda pública en los principales países desarrollados están en mínimos de hace más de cien años, habiendo entrado incluso en terreno negativo para los plazos más cortos en Suiza, Alemania, Suecia… El efecto es aún mayor si consideramos los tipos de interés reales, es decir descontando el efecto de la inflación, sobre todo si hablamos de la inflación efectiva que experimentan en su día a día estos mismos ahorradores. Eso lleva a situaciones no previstas en los manuales de economía clásicos: tener que pagar por prestar dinero en vez de cobrarlo.

Es el mundo al revés. En algunos mercados tienes ya que pagar por hacer un depósito en un banco, en otros incluso se conceden hipotecas a tipos negativos: te pagan porque te endeudes para comprar tu vivienda habitual. En el pasado había un orden implícito en la tipología de instrumentos de inversión ofrecidos a los ahorradores: los activos de renta fija considerados sin riesgo de insolvencia – los emitidos por el Estado en cada país - daban la menor rentabilidad a cada plazo, y a partir de ahí se clasificaban los demás, variando el diferencial de tipo estimado – la llamada prima de riesgo - en función de las garantías y la solvencia de cada emisor. Estas primas de riesgo también han cambiado como consecuencia de estos tipos bajos: la búsqueda de rentabilidad ha hecho que se reduzcan, que se compriman, y que el tipo que paga en la actualidad un título de un emisor de reducida calificación – con mayor riesgo implícito de insolvencia – no compense el riesgo asumido. El efecto es aún peor puesto que algunas de estas emisiones son además de reducida liquidez en los mercados secundarios por falta de contrapartidas.

Este tipo de interés de la deuda pública a largo plazo era además el estándar que servía para calcular la viabilidad de cualquier inversión al tomarse como el tipo de descuento para actualizar los flujos de caja esperados en el análisis de la misma. En la renta variable se tomaba como el tipo de descuento de los flujos previstos de dividendos sobre toda la vida del activo. A menor tipo de interés sin riesgo, mayor 2 valor descontado y viceversa. Cuando bajaban los tipos por tanto subía la Bolsa y viceversa. Estos tipos bajos son en gran parte consecuencia de los cambios experimentados por la política monetaria a partir de la crisis financiera. Los bancos centrales han impulsado una expansión monetaria, o expansión cuantitativa, vía compras de bonos y títulos de renta fija, fundamentalmente públicos, haciendo subir su precio y caer su rentabilidad.

Estos bancos emisores incluso han competido entre sí para ver cuál de ellos crea más expansión monetaria y consigue depreciar por tanto más su divisa, con el objetivo de aumentar su cuota de mercado mundial en las exportaciones: las llamadas devaluaciones competitivas. Los mercados de divisas están haciendo por tanto de correa de transmisión de estas expansiones monetarias. Estamos, por tanto, en terreno ignoto, enfrentados a riesgos desconocidos: ¿Qué pasará cuando se quiten los estímulos cuantitativos, cuando se empiecen a vender bonos en vez de comprarlos? ¿Cómo reaccionarán los mercados financieros? ¿Se estará creando otra burbuja de grandes dimensiones? Los dividendos, en empresas muy sólidas y estables, con bajísimo riesgo de insolvencia, son una alternativa de inversión para los ahorradores a largo plazo.

Algunas empresas de máxima calificación – incluso superior a la de muchos Estados - tienen rentabilidad por dividendos superior al 3%, muy por encima de los tipos de sus mismos bonos: ¿Tiene sentido invertir en éstos, si solo te dan una prelación en caso de quiebra, cuando la probabilidad de la misma es muy reducida? Se puede argumentar que el problema de las acciones es su volatilidad, la inseguridad de cuál será su cotización cuando necesites venderlas, pero también sucede con la renta fija: el valor de un bono solo es conocido con certeza en el momento de su vencimiento. Durante la vida del mismo, sufre oscilaciones al alza o a la baja según evolucionen los tipos de interés en el mercado.

De todas formas, la historia de los últimos cien años demuestra que como media los inversores han exigido a la renta variable una prima de riesgo en términos reales del orden del 4% anual frente a la deuda pública. La conclusión es que en la actualidad los ahorradores para lograr una rentabilidad que necesitan deben asumir unos riesgos que no quieren, ni en ocasiones se pueden permitir, y que deben acostumbrarse a operar en un entorno de gran volatilidad. Deben ser por tanto muy cautos, y tener un porcentaje de su patrimonio en liquidez aunque no rente nada, para no tener que liquidar posiciones en el peor momento, o poder aprovecharse de las oportunidades que surjan en las caídas.